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FLORES MUERTAS

Parte de una serie de paseos por el cementerio del barrio. Un espacio al que no me une ningún vinculo personal y que, precisamente por esa distancia, se convierte en un lugar de observación.

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Durante esos recorridos aparecen flores marchitas, descoloridas, deterioradas por el clima y el paso del tiempo. Flores que han perdido su función ornamental y que permanecen junto a las lápidas como restos de un gesto anterior.

  

Me interesa especialmente las composiciones que se forman de manera accidental: ramos sujetos con ladrillos, recipientes improvisados, objetos desplazados o acumulados alrededor de las tumbas. Son pequeños bodegones construidos sin intención artística, pero que terminan generando una estética propia.

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La precariedad de estos arreglos introduce una tensión entre cuidado y abandono, entre presencia y desesperación. No siempre sabemos quién coloca las flores ni cuánto tiempo permanecerán allí. Pueden ser el rastro de una visita familiar, un gesto anónimo o una forma mínima de mantenimiento dentro del cementerio.

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En este contexto, la flor deja de funcionar únicamente como simbolo de belleza o recuerdo. Su deterioro la transforma en registro del tiempo. La materia se marchita, pierde color, se deforma y permanece.

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Flores muertas observa ese proceso.

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El proyecto plantea una reflexión sobre la fragilidad, la memoria y la desaparición, pero también sobre la capacidad de los objetos para adquirir nuevos significados cuando pierden su función original.

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Estos bodegones involuntarios convierten el cementerio en un espacio donde conviven naturaleza, arquitectura, abandono y gesto humano. La belleza ya no aparece asociada a lo intacto, sino al desgaste, a la imperfección y a la transformación.

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Las flores están muertas, pero la imagen permanece.​

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